El espacio del juglar
Todo comenzó con una guitarra
La historia de Los Juglares — Capítulo 1 Hay historias que uno no sabe muy bien cuándo comenzaron. Quizás porque, mientras las estamos viviendo, no imaginamos que algún día se convertirán en una parte tan impor
La historia de Los Juglares — Capítulo 1
Hay historias que uno no sabe muy bien cuándo comenzaron.
Quizás porque, mientras las estamos viviendo, no imaginamos que algún día se convertirán en una parte tan importante de nuestras vidas.
La nuestra comenzó allá por 1995, en La Toma, un pequeño pueblo de San Luis, conocido como la capital del mármol ónix.
Éramos un grupo de adolescentes. Teníamos tiempo, amigos, algunas inquietudes y esa maravillosa capacidad de encontrar algo para hacer incluso cuando no había absolutamente nada para hacer.
En aquellos años, el barrio 70 Viviendas era uno de nuestros lugares de encuentro.
Las tardes transcurrían entre mates, conversaciones interminables y alguna música que sonaba en la televisión.
Y fue justamente una de esas tardes cuando empezó todo.
Estábamos reunidos cuando el Chirico, casi sin darle importancia, lanzó una propuesta:
—Machito, tocate un tema.
Machito agarró una guitarra.
Una de aquellas que nosotros llamábamos cariñosamente las chinas, compañeras inseparables de tantas historias que vendrían después.
Afinó como pudo aquellas seis cuerdas y empezó a tocar.
Y también a cantar.
Machito no solamente tocaba la guitarra. Tenía una voz extraordinaria, de esas que no se encuentran fácilmente y que, una vez que las escuchás, difícilmente olvidás.
No recuerdo exactamente qué canción interpretó aquella tarde. Pero sí recuerdo lo que sentí.
Me quedé escuchándolo, con los ojos brillantes y una mezcla de admiración y entusiasmo.
Había algo en aquella guitarra, en aquella voz y en esa manera de hacer música que me atrapó por completo.
Y entonces dije algo que probablemente Machito terminaría lamentando durante bastante tiempo:
—Che, me enseñas a tocar!!!
Pobre Machingon...
No sabía en el problema que se estaba metiendo.
Porque intentar enseñarme a tocar la guitarra era, más o menos, como tratar de explicarle música a un sordo.
Pero el hombre tuvo paciencia.
Mucha paciencia....
Y yo, aunque talento no me sobraba, tenía mucho entusiasmo para compensar buena parte de mis limitaciones.
El problema era que nos faltaba otra guitarra.
Así que recurrimos a Matilde, una compañera del colegio que nos prestó otra de aquellas queridas chinas.
me fui a casa con aquel instrumento que, sin saberlo, terminaría acompañándome durante buena parte de mi juventud.
A los pocos días apareció otro entusiasmado.
—Yo también quiero tocar —dijo Charlie.
Y se sumó.
Charlie tenía una ventaja sobre algunos de nosotros: llevaba la música en la sangre, con los genes del gran Carlín.
Así, casi sin darnos cuenta, empezamos a juntarnos cada vez más seguido.
Mañanas, tardes y noches.
Mate de por medio, algunas galletitas con paté cuando había suerte y muchas horas intentando que aquellas seis cuerdas sonaran como correspondía.
Se fueron sumando Silvio, Joaco, Quito y otros amigos que seguramente me perdonarán si la memoria deja a alguno afuera.
Las reuniones crecían.
Las guitarras empezaban a sonar un poco mejor.
Y entre gatos, chacareras y zambas o mejor dicho, alguna que otra "zamba cuyana" jajaja fuimos descubriendo que la música era mucho más que aprender acordes.
Era una excusa para estar juntos.
No teníamos grandes pretensiones.
No soñábamos con contratos discográficos ni con escenarios multitudinarios.
Queríamos tocar, cantar, pasarla bien y compartir esas tardes que parecían no terminar nunca.
Aunque todavía no lo sabíamos, estábamos construyendo algo que nos acompañaría durante décadas.
Todavía no teníamos nombre.
Tampoco sabíamos que llegarían las peñas, los festivales, los viajes, las serenatas y tantas historias que hoy seguimos recordando.
Éramos simplemente un grupo de amigos con algunas guitarras y muchas ganas de hacer música.
Y quizás ahí estuvo siempre el verdadero secreto.
Primero fuimos amigos. Después vino la música. Y mucho más tarde comprendimos que estábamos escribiendo nuestra propia historia.
Así comenzaron Los Juglares.
Aunque, por entonces, todavía no sabíamos que algún día nos llamaríamos así.
La historia de Los Juglares — Capítulo 1
El espacio del juglar
Próximo capítulo: El Galpón, nuestro templo de la amistad.